No es para nada fácil la labor del formador[1] pues se trata de alguien que perteneciendo a una época bien definida, esta influenciado por la formación de una generación anterior a él, pero debe responderle a una generación presente que deberá, a su vez, enfrentarse a una generación futura. Lo complejo de la formulación responde a lo complejidad de su responsabilidad. En el caso propio del IMEY vemos la formación en manos de jóvenes, con algunas excepciones[2], quienes no fueron preparados para dicha labor y por lo tanto ejercen esta labor bajo la inspiración del Espíritu Santo o si quieren según sus propias convicciones y su recta intensión de hacer lo que pide y necesita la Iglesia.
A propósito del fenómeno del clericalismo en la formación, me siento tentado a decir algo al respecto.
El “clericalismo” se percibe en ciertos medios eclesiales como una tendencia contraria al evangelio y a la “verdadera misión” de la Iglesia y vamos tejiendo el discurso de clerical versus evangélico; pero qué es el clericalismo y cuál es realmente el problema. Somos clericalistas por que usamos clériman, por que respetamos la liturgia como expresión de lo sagrado, o por que avalamos la doctrina de la Iglesia?
Para muchos es sorprendente descubrir en las nuevas generaciones, y particularmente en las africanas, este gusto por la ortodoxia eclesial en todas sus expresiones, hasta el punto de verlo como una amenaza a la fidelidad del espíritu misionero. Lo catalogamos de retrogrado, e incluso como un protector de la vida cómoda y de la falta de creatividad. Pienso que antes de condenar lo que parece un fenómeno de época habría que considerarse como un signo de nuestros tiempos y prestarle atención para entender mejor esta realidad.
Veo en mi propia generación eso que muchos llaman clericalismo como una especie de reacción contra la dejadez y el simplismo por la grandeza de nuestro ministerio. Recuerdo en el seminario la impresión que nos daba ver sacerdotes mal vestidos, vulgares, sin conocimiento o a veces desprecio por la liturgia, y siempre con el discurso del ser sencillos para la gente sencilla escudados bajo una seudo teología de la liberación. Vengo de un ambiente sencillo, campesino, analfabeta y considero que es allí donde hay mas respeto y dignidad por lo que expresa lo sagrado, una cosa es lo sencillo y otra muy diferente lo irreverencial o negligente, algo que nuestro gente sencilla nunca podrá aceptar.
Llevo ocho años en costa de Marfil y veo cada día el gusto por las sotanas, por las rúbricas, por la ornamentación y liturgias bien cuidadas; como no ver allí el espíritu antropológico del hombre africano. Es un pueblo que se expresa a través de lo simbólico, es un pueblo que vibra con el mundo espiritual, un mundo que se exresa, en colores, en sonidos, en imágenes, en gestos, en formulas místicas.
En este ambiente no creo que vestir una sotana o presidir una liturgia como lo indica la letra roja sea signo de clericalismo, también sus celebraciones tradicionales están llenas de ritos rigurosos y de atuendos propios que diferencian lo sacro o espiritual de lo profano.
Cómo sacar a nuestros seminaristas de ese mundo mágico, simbólico y sacro donde floreció su vocación? No sería eso una castración espiritual? No estaríamos sustrayendo el deseo ardiente de ser profundamente espiritual a través de un mundo simbólico como es y será el mundo africano?
Será que el gusto por la sotana se traduce siempre en deseo de poder y estatus social? Será que amor por la liturgia resta importancia a la labor misionera?
Mucho he escuchado sobre el binomio MAB y Valencia Cano, como el ortodoxo y el progresista, talvez sea una visión reduccionista de estos grandes misioneros. Veo en la figura de Monseñor Builes un hombre apasionado por este mundo simbólico-clerical y sin embargo es llamado el obispo misionero de Colombia. Con todos sus atuendos y su piedad popular, quién podría dudar de su ardor misionero, de su deseo de ir a la periferia, de su olor a oveja, de su celo ardiente hasta el sacrificio? No creo que lo uno excluya lo otro mas bien lo complementa.
Ser misionero no implica ser rebelde, mundano o simple filantrópico, el ser misionero es el amor por hacer presente los signos del reino, con o sin sotana; ser misionero es tocar la realidad del otro y ayudarle a descubrir la presencia liberadora de Cristo.
Nuestros pueblos no buscan en nosotros trabajadores sociales o agentes de desarrollo, de esos ya tienen bastante, ellos buscan en nosotros una referencia espiritual por algo nos llaman, en costa de marfil, l’homme de Dieu: “el hombre de Dios”. Que de malo que nuestros jóvenes encuentren en lo exterior una forma de traducir ese deseo interior de ser profundamente espirituales. Percibo que nuestra apatía por ese mundo trascendente, desde lo externo, es lo que les causa desencanto y frena su deseo de compromiso. Es curioso que muchos de los nuestros después de haber desertado, se destacan como excelentes sacerdotes y siempre misioneros en sus nuevos campo de pastoral, talvez no eran tan malos misioneros; solo que nuestra miopía antropológica cortaba sus alas y apagaba el fuego de la ilusión primera, que nació tal vez de una expresión externa y produjo todo un movimiento interno: el despertar de su vocación.
Creo en una formación con libertad de expresión que lleve al encuentro personal con Dios y alimente el deseo de ponerse a su servicio. Creo que hay que respetar ese gusto por lo externo y formar en humanidad para que siendo profundamente espirituales seamos profundamente humanos y vayamos así de Dios a los hombres y de los hombres a Dios.
He aquí mis sentimientos, tal vez equívocos, tal vez peligrosos para el IMEY que muchos quisieran. tal vez alguien mas experimentado y con visión mas aguda pudiera orientar este pobre novato que le tocó ser formador sin más referencia que el evangelio y el soplo del espíritu.
De todas maneras como dice el poeta se hace camino al andar y que bueno equivocarnos para aprender más y sentirnos profundamente humanos.
Miguel Andrés Aguirre Bedoya mxy
Misionero en Costa de marfil
[1] Aunque el término siempre define un concepto, utilizo la palabra formador ; pues creo que el contenido se lo da cada quien. Pueden llamarme mentor y actuar como un formador tradicional o viceversa. Ya en algún momento uno de nuestros superiores quiso adoptar el término de coordinador general y en mi parecer no creo que haya generado grandes transformaciones.
[2] Los centros de formación en Angola, Costa de Marfil y Bolivia son liderados por sacerdotes con menos de tres años de sacerdocio, muchos aprecian nuestra buena voluntad ; valdría la pena preguntarse en la asamblea si la experiencia es buena o si toca por que no hay mas quien, lo que sería una vergüenza absoluta.
